DIARIO DE UN MÚSICO 77. QUIQUE GONZÁLEZ EN ESTADO DE GRACIA

 

EN ESTADO DE GRACIA
 
 
Escribió el poeta Ángel González algo así como que “la juventud gusta el pecado incluso al aire libre”, a lo que yo añadiría que la madurez también, aunque tal vez la chispa se haya perdido para saltar tapias y robar mandarinas, o espiar los tocamientos clandestinos de los mayores veinteañeros, cuando los “voyeur” empezábamos a lidiar con la adolescencia y lanzábamos piedras en las balsas para contar los saltos de rana de los cantos. Tras la juventud se juega en otra liga, la del templar, parar y mandar sobre tus actos, la de temblar, temblar y rasparte los codos en el bar. La liga de la nostalgia también, de mirar atrás, sobre esa senda libre que no volverás a pisar. La juventud tiene su banda sonora y en mi caso la conforma el rockandroll; y como si de una segunda juventud, tras años de infusiones o fusiones, de aprendizajes, de otros sonidos, temples, ímpetus, “quejíos” o saudades, vuelvo al rock, a mi cultura, a mi identidad como cantaba Miguel Ríos, como si se tratara de un bumerán que llega y se instala con ganas a mis cuarenta y tres. Con ganas de brincar acequias, de brindar con cervezas y reírte de la noche, porque el día amanecerá con sus luces y sus sombras pegadas e inamovibles a estos cuerpos esperpénticos que nos arropan. El rockandroll tiene ese halo de pecado, sí, de traspasar el espejo, de revolver tu hilo, alma y morada. Es sexo, tiene pegada, y es y te hace sentir joven aunque cada vez como género lo defiendan con dignidad cuarentones, setentones y muchos menos chavales de lo deseado, que también sueñan con acariciar el espíritu de una Telecaster como tú hace 25 años.
Anoche, en Granada, todo ese cúmulo de sensaciones se reavivó en mi fuero interno. Ver en estado de gracia a un artista al que admiras, pues es delicatessen, vino caro, de ese que los paladares enterados alardean aunque les sepa a don Simón. Los que cultivamos y podamos la vid, y pisamos en tardes y noches el género, el paño, sabemos cómo viene y qué puede dar de si la uva: tenemos muy claro la diferencia de los caldos. Quique González es uva de primera calidad, vino de solera, cepa, y como si de un día libre fuera, anoche nos llevó en volandas dos horas intensas, arropado de una banda muy compacta y curtida, que empaca en los terrenos del rockandroll más americano, clásico, imperecedero, que suena folk con sus violines y mandolinas, suena Telecaster, suena Tom Petty, suena a acústicas Martin en la soledad de un baile bajo la lluvia. Quique González es de esos artistas que te reconcilian con el género, con la edad y con el espíritu, ese que no debemos perder los que alguna vez también cruzamos el espejo y tenemos esa suerte de saber. Tengo todos sus discos, originales, mi fe en él no mueve montañas, mueve tríadas de notas que se vierten en noches perdidas en el confeti que rebosa color sobre la sonora tristeza de unos acordes, con una televisión al fondo mientas juegan al basket un intrascendente partido Dallas contra Memphis.
 
ANTONIO ÁLVAREZ.
 
CANCIÓN:
DALLAS-MEMPHIS
QUIQUE GONZÁLEZ
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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