DIARIO DE UN MÚSICO Nº 63: "LAPIDARIO".

 

 

          Ya es casi un acto de rebeldía echar una ojeada al diccionario, así que me dispongo a ello, tirando de definición concisa para animar a la parroquia musical almeriense a que no se pierdan el concierto aplazado de una gira acústica que finalizaba aquí, y recuperamos este jueves. Cuando uno lee la palabra “lapidario” ligándola en un juego, como libre asociación de ideas, con el apellido de quien actúa este cuatro de octubre en el teatro Apolo: José Ignacio Lapido, se topa con varias acepciones que no son sino símiles a una trayectoria honesta, sublime en factura y siempre in crescendo en creatividad. Contra lo que se podría especular de un señor que lleva 30 años grabando canciones, y que con cada trabajo da una nueva vuelta de tuerca o pirueta literaria en el noble y denostado arte de facturar canciones, José Ignacio está en su momento (para un servidor) más pleno. Sus tres últimos trabajos, la redonda trilogía: “En otro tiempo, en otro lugar”, “Cartografía” y “De sombras y sueños” sienta cátedra. Leo definiciones, “lapidario: perteneciente o relativo a las piedras preciosas”. ¡Qué no son sino las canciones! Su valor es inestimable, memoria y vida emocional se forja con ellas, y Lapido tanto en solitario como con 091 ha parido alguna que otra gema (como “persona que tiene por oficio labrar piedras preciosas”): “Qué fue del siglo XX”, “La vida qué mala es”, “Nadie besa al perdedor”, “En el ángulo muerto”, “La antesala del dolor” y un larguísimo etcétera. Segunda definición: “Dicho de un enunciado, que por concisión y solemnidad, parece digno de ser grabado en lápida” y en este caso en los surcos de nuestras neuronas...
 
Si España fuera un país normal hacia sus creadores, este señor no estaría entre los cien ilustres del siglo XX granadino. Su geografía se habría ampliado, pero cantar lo que se piensa, sin pensar en resultados; pulir tan bien cada verso que hasta uno se puede topar con personajes como Kant, Johnny Guitar, Julio César o Jimi Hendrix junto a metáforas, reflexiones, declaraciones, críticas,... lo sitúan en zona pantanosa, por pensante. Y ya sabemos que quien piensa acierta, pero suele molestar.
 
Me precio de conocerlo, muy poco, pero lo suficiente para saber que es un caballero, serio de primeras, pero educado, afable y conversador de segundas. Lo admiro, es un referente, y más cuando hacia un servidor tuvo el gesto de grabar una guitarra para mi último disco. Lo acompaña una banda compacta de largo recorrido y órdago: Popi González a la percusión, Raúl Bernal en los teclados y Víctor Sánchez en las guitarras. Por favor, no se pierdan su portazo de gira en Almería. Lo recomiendo encarecidamente (es uno de los dos o tres mejores letristas de este país, según crítica y aficionado mas o menos entendido). Este formato acústico clarea su altísima pluma y tinta mas que su habitual electricidad de amplificadores, así pues versos a flor de piel para este otoño revuelto. En fin, no se si de casta le viene al galgo, lo que está claro es que su apellido hace honor a su oficio, que en la profesión y en la afición hacen que sea conocido como El Maestro. Y ahí queda, para oídos rebeldes...
 
 
ANTONIO ÁLVAREZ
 

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