MÁS FÚTBOL, POR FAVOR

 

 
       Siempre fui futbolero, aunque he de reconocer que nunca fiel a unos colores. En mi álbum de fotos de la infancia, los colores “blau grana” están impresos: era la época de Cruyff, gloriosos setenta, y la influencia de mis vecinos cuando vivía en Mallorca era evidente. Mi padre no es gran futbolero, tiene su espina dividida entre el Athlétic de Bilbao (ese mítico de los cincuenta) y el Real Madrid galáctico de Di Stéfano y compañía.
        Me acostumbré con la selección española, que ahora llaman “la roja”, a sufrirla, padecerla, y a acabar mundial tras otro desde el 78 (primero del que tengo memoria televisiva) enfadado, desilusionado y llorando alguno. Todo cambió el año que ganamos peligrosamente, y es curioso, me perdí la guinda, no vi la final: iba volando hacia Estocolmo... Me hice el sueco tal vez, y aunque tengo el partido en dvd prefiero no verlo, de momento. Viví la victoria desde la distancia, con lo que el análisis y el sentimiento de pertenencia a un país si cabe fue menos apasionado y más racional, aunque cruzarme con compatriotas, y advertir los colores me hacía sonreír de manera cómplice en un acto simple, pero cargado de una emoción nunca vivida.
He sido del Atléti, de la Real Sociedad, del Bilbao... hasta recalar en la adolescencia, y al fragor de la quinta del Buitre, en el Real Madrid. Y en estas últimas temporadas he disfrutado viendo al rival, otrora equipo de la infancia. Pero desde hace años, el fútbol ha dejado de cronometrar mi agenda televisiva y mucho menos vital. Me pasa con el deporte rey algo así como con lo visto estos años de burbuja inmobiliaria, donde cachorros púberes y no tanto, se contoneaban con coches de lujo y ganando un pastón ladrillo sobre ladrillo sin poco más que ofrecer: dinero fácil, para tiempo sin medida. Y así veo a la mayoría de los gañanes que parten en la élite, y ni hablar de los garrulos que comandan los equipos o sus juntas de accionistas. Ante el opio más dosis... Cantidades astronómicas para estrellas, gladiadores que besan su camiseta este año, y el que viene la rival, derechos televisivos y bocados vampíricos... Leo estos días que los clubes de fútbol tienen una deuda con la Hacienda de 750 millones de euros, y 10,6 millones a la Seguridad Social y se me queda cara de “tifossi”, por tifoideo o apestado vaya, porque aquí no pasará nada tampoco... En fin, cuando un deportista de élite, antaño en otra disciplina, con marchamo y sangre azul parece ser que ha trincado presuntamente en patio revuelto, veda abierta. Y al deporte con o sin corona se le permite todo, este país puede estar en desbandada, instalado en los desmanes, con políticos que apestan, pero el fútbol que no lo toque ni dios: “con la iglesia hemos topado”, y que se le llame rey tiene hasta su gracia, mas para un Juancarlista convencido como yo... En fin, el fútbol nos tiene abducidos, porque engarza con nuestra más tierna infancia. Por eso compré una camiseta del Almería a mi hijo hace dos años, sin conocer en mi caso mas que el nombre de un jugador, y es que uno piensa que por encima de 22 tipos y un balón hay sentimientos que el dinero no puede corromper. Qué iluso de mí...
 
Antonio Álvarez
 

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