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DIARIO DE UN MÚSICO Nº 80: "ANTONIO".

 

 
Hay libros a los que le pasa como muchas personas que se te cruzan en la vida. De primeras no entran, y necesitan, mínimo, una segunda oportunidad. Tal vez nunca es el momento de los encuentros, y sobre el tapete el as del desencuentro gana la partida, pero no del todo. Recuerdo,  por indicación y sublevación intelectual, a unos recien conocidos hace la friolera de diecinueve años. Uno de ellos es ahora mi cuñado. Otros parientes o amigos. Todos andaban enfrascados en la lectura y discusión apasionada de una novela: El Jinete Polaco.
Las personas solemos influenciarnos sobre todo por lo que tenemos mas a mano.  Las malas compañías te llevan a tugurios, pozos o esquinas de placer sin mayores consecuencias salvo que al final sigue campando la oscuridad en el camino. Las buenas compañias también te pueden llevar a esos sitios, pero además son árboles frutales que asombran, iluminan, y te ofrecen la posibilidad del bocado virgen, o el aprendizaje del placer por el detalle o el volumen, que en forma de libro, música, conversación, discusión, astronomía razonable o sexo amplía tu escueta visión del mundo. Bajo el cobijo y el buen empape de  moya de pan en aceite virgen, pesa en tu balance interno esa sombra y arboleda: algo simple y a la vez tan complejo al paladar como la tradición que esos dos productos atesoran y que no te la da el título oficial, la licenciatura, el jefe o el contrato basura de tu trabajo.   A la segunda intentona fue la vencida, y aquel voluminoso "tocho" con nombre de cuadro resonaba, se digería y resucitaba los sonidos al final de The Doors  en el título de un capítulo, con un Jim Morrison, jinete siempre en la tormenta, eterno, y las teclas del recientemente fallecido Ray Manzarek en cada palabra trenzada, en cada página que un amor, un retratista llamado Ramiro,  un policía que escribía versos como poeta maldito en el zulo del tedio, o unos padres instalados para siempre en la dignidad, pero también en la miseria o la ignorancia podían destilar. 
Recuerdo lejana la lectura de aquella novela, tendrá algún día su tercera oportunidad, la definitiva. En la segunda he de reconocer que aún sus primeras cien páginas algo se me atragantaron. Con posterioridad he leido otras obras de Antonio, de Muñoz Molina, no muchas, pero que me han gustado: El invierno en Lisboa, Plenilunio, Todo lo que era sólido...; y lo he seguido con cierta asiduidad los sábados del Babelia en El País. Es curioso como su presencia ha estado vinculada en minúsculos detalles a mi familia. Mi primer disco tiene una cita suya. Mi hermana asistió en el instituto a una conferencia de él, recién publicado Beatus Ille hace un cuarto de siglo, y posee su ejemplar firmado. Mi mujer lo conoció en el Instituto Cervantes de Nueva York, hay foto del momento, y mi cuñado, uno de aquellos tres jinetes que tras la tormenta  me transmitieron su pasión, escribió su tesis doctoral sobre él, lo conoció y entrevistó en su casa. ¡Como para perderle la pista a las huellas a este tocayo ilustre!
 
ANTONIO ÁLVAREZ
Dedicado a Jaime, Juan Fran y Cristóbal.
Canción: Riders on the storm- The Doors.

DIARIO DE UN MÚSICO Nº 79. UNA RAZÓN DE FE

 

No hay mas cera que la que arde. Así que ante un fin de semana triste de partida, que invocaba a nostalgia de bicicletas, nada como pergeñar un plan B en algún hueco perdido, ganado y cedido, porque el A era una vuelta de tuerca tal vez a los recuerdos y las ausencias, y esos no se iban a ir, porque siempre estarán pegados en fechas señaladas, pero a la cruz había que ponerle cara. El sábado era gris. La ciudad tomada por miles de devocionarios ante la gran peregrinación Mariana, 33 vírgenes en procesión que iban a tomar Granada por una conmemoración: "lavincompae", que dirían por aquí. El equipo de fútbol de la ciudad se lo jugaba casi todo. Calambres ante tanta pasión desatada en masa. Sábado de mayo. Despedidas de solteros, ataviados todos con camisetas y el borrego vestido de faralaes mientras deambulaban tajados a la hora del desayuno.

 

Apuntes invernales en este dislocado mes, en esta díscola primavera. Ataviado con mi chupa negra me acerqué a ver un "show case", eso que los modernillos denominan de una manera cool a un simple acústico. Y el acústico pues fue un eléctrico según palabras del artista Víctor Sánchez, con lo cual la ruptura de guión de partida molaba. Punto a favor. La electricidad de dos guitarras, mano a mano Telecaster y Les Paul. Amplis Vox y Marshall. Un deje Dylaniano al cantar, y unas bonitas, muy bonitas canciones pop rock, power pop, o rockeras melódicas. Tanto que le pusieron luz a una mañana en la que no encontraba sinceramente donde esconderme. Como dos maniquíes, en el escaparate eléctrico, los extraños eran los viandantes. La pareja que miraba de soslayo. El par de basureros que con sus atuendos fosforitos apuraban sus colillas de boquilla rubia, escoba en mano. El que volvía la cara despreciando, con sabor a denostar cultura patria, y a esos locos con sus viejos cacharros colgantes, que contoneaban su puesta de acordes con movimientos corporales y poses de escenario. El que mostraba cierto interés, y le apetecía unirse, pero su timidez lo expulsaba para no reunirse con los veinte o treinta que disfrutábamos de un concierto matutino, rito íntimo, en petit comité, para paladares finos pre aperitivo, pre lunar y preñado de buenísimas intenciones por la organización: Jam Instrumentos Musicales, o lo que es lo mismo Quini Almendros "maestro e institución" de las 6 cuerdas y del rockandroll, y Anselmo sabio musicazo también. Cocineros antes que frailes, y devotos del buen hacer, sentir y vender con conocimiento y asesoramiento, no por el puro y duro tracto mercantil.

 

El día confuso, extraño, de vaivenes, amigos, conversación y copas efímeras de tarde. Fue tan Lapidario, o Lapidiano, que la tristeza buscaba atisbos de belleza, o de color, que se remataron en la noche... Es fácil si lo intentas, cantaba Lennon, y en la "Antesala del Dolor" una sala se vació y mi alma también, ante una banda compacta alrededor de un Maestro en la ceremonia musical de la confusión, haciendo gala del dicho de que todo es posible en Granada. El domingo, con mis hijos en el Generalife, las rosas vencían a las espinas en otro amanecer...

 

ANTONIO ÁLVAREZ

 

Canción "Una razón de fe"

 

del disco "Yo quemé a Gram Parsons" (Víctor Sánchez)

 

 

 

Diario de un músico 78: "Vivian Maier, viviendo en otro mundo"

  

 

 

Imágenes cotidianas atrapadas en una vieja Rolleiflex, de otro tiempo, de otro mundo. De esta civilización, de este orbe. Ciudades grises que desprendían destellos, personas emborronadas sin color, colores del fluir en la poética de los rascacielos, espacios difuminados con corazón en el iris, halos de tristeza en calles donde se masca el swing de los solitarios y los himnos de la mayoría. Nueva York, Chicago: Vivian Dorothea Maier... Ayer, encendí la televisión, terminaba el telediario de la 1ª y me topé con las imágenes de una desconocida Nanny (niñera) en el momento de captar 100.000 fotos a lo largo de casi cinco décadas. Todo un referente para los adivinos del pasado de un reconocimiento tardío, post mortem,  que ahora se pasea y expone en museos de todo el mundo. También aquí.

 

Necesito salir a la calle, ahora que escribo. Buscar imágenes sobre las que disparar mi aburrimiento, mi ira. Estamos en crisis, y lees y escuchas y no tenemos remedio, tropezamos como sociedad en la misma piedra.  Iré a comprar pan, y a mirar el vaivén de esta antigua ciudad en la que respiro a diario. Miraré los ojos de quien se cruza, o los pechos de una primavera consagrada en mujer. El mástil de Capitanía con la bandera roja y gualda descolorida por el vaivén político y el fresco matutino. Veré el abrazo del oso del político en la plaza del ayuntamiento. Al guiri despistado, al escaqueador ¿yo mismo?, y al Plutón verbenero en su elipsis alrededor de un sistema mas que solar, particular, como el patio de su casa. Todo vale en el tanto vales, pero carece el que tanto tiene de todo en lo fundamental, tal vez...

 

En los recodos se escriben versos, se desenvainan pinceles, se abren al sexo de la creación miles de individuos que en su universo particular intentan explicar su mundo, el que les rodea, para entenderse a sí mismos y no morir en el intento de abortar el torbellino. Mientras se desenmascaran los óleos, las masas se enfervorizan con deportistas: éxito para hoy, plató de televisión para mañana. Alguien tienta una campana que marca horas, y la vida ejerce de metrónomo y lo absurdo campa a sus anchas. Y el dolor es la cruz de un placer que es la cara. Vivian Maier tomaba su cámara y disparaba, no tenía dinero suficiente, ni pudo revelar la mayoría de sus instantáneas, la belleza del instante quedó en su memoria, el reflejo en fotogramas del silencio, y alguien tras su muerte descubrió que en toda isla, por muy de asfalto que sea hay tesoros siempre por desenterrar. Ojo avizor.

 

 

Dedicado para mi amigo fotógrafo J.J.Palenzuela

 

ANTONIO ÁLVAREZ

Canción: Living in another world  -- Talk Talk

 

 

 

DIARIO DE UN MÚSICO 77. QUIQUE GONZÁLEZ EN ESTADO DE GRACIA

 

EN ESTADO DE GRACIA
 
 
Escribió el poeta Ángel González algo así como que “la juventud gusta el pecado incluso al aire libre”, a lo que yo añadiría que la madurez también, aunque tal vez la chispa se haya perdido para saltar tapias y robar mandarinas, o espiar los tocamientos clandestinos de los mayores veinteañeros, cuando los “voyeur” empezábamos a lidiar con la adolescencia y lanzábamos piedras en las balsas para contar los saltos de rana de los cantos. Tras la juventud se juega en otra liga, la del templar, parar y mandar sobre tus actos, la de temblar, temblar y rasparte los codos en el bar. La liga de la nostalgia también, de mirar atrás, sobre esa senda libre que no volverás a pisar. La juventud tiene su banda sonora y en mi caso la conforma el rockandroll; y como si de una segunda juventud, tras años de infusiones o fusiones, de aprendizajes, de otros sonidos, temples, ímpetus, “quejíos” o saudades, vuelvo al rock, a mi cultura, a mi identidad como cantaba Miguel Ríos, como si se tratara de un bumerán que llega y se instala con ganas a mis cuarenta y tres. Con ganas de brincar acequias, de brindar con cervezas y reírte de la noche, porque el día amanecerá con sus luces y sus sombras pegadas e inamovibles a estos cuerpos esperpénticos que nos arropan. El rockandroll tiene ese halo de pecado, sí, de traspasar el espejo, de revolver tu hilo, alma y morada. Es sexo, tiene pegada, y es y te hace sentir joven aunque cada vez como género lo defiendan con dignidad cuarentones, setentones y muchos menos chavales de lo deseado, que también sueñan con acariciar el espíritu de una Telecaster como tú hace 25 años.
Anoche, en Granada, todo ese cúmulo de sensaciones se reavivó en mi fuero interno. Ver en estado de gracia a un artista al que admiras, pues es delicatessen, vino caro, de ese que los paladares enterados alardean aunque les sepa a don Simón. Los que cultivamos y podamos la vid, y pisamos en tardes y noches el género, el paño, sabemos cómo viene y qué puede dar de si la uva: tenemos muy claro la diferencia de los caldos. Quique González es uva de primera calidad, vino de solera, cepa, y como si de un día libre fuera, anoche nos llevó en volandas dos horas intensas, arropado de una banda muy compacta y curtida, que empaca en los terrenos del rockandroll más americano, clásico, imperecedero, que suena folk con sus violines y mandolinas, suena Telecaster, suena Tom Petty, suena a acústicas Martin en la soledad de un baile bajo la lluvia. Quique González es de esos artistas que te reconcilian con el género, con la edad y con el espíritu, ese que no debemos perder los que alguna vez también cruzamos el espejo y tenemos esa suerte de saber. Tengo todos sus discos, originales, mi fe en él no mueve montañas, mueve tríadas de notas que se vierten en noches perdidas en el confeti que rebosa color sobre la sonora tristeza de unos acordes, con una televisión al fondo mientas juegan al basket un intrascendente partido Dallas contra Memphis.
 
ANTONIO ÁLVAREZ.
 
CANCIÓN:
DALLAS-MEMPHIS
QUIQUE GONZÁLEZ
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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